miércoles, 9 de septiembre de 2020

LA TORMENTA

 

L A   T O R M E N T A  

                         Estalló la tormenta. Después desapareció; pero todo había cambiado. El aire soplaba sin sonido humano, como un chirriar que dejaba abrirse los vacíos.      Arrastraba el polvo de los seres; dispersándoles, con la violencia de un sacudirse sin contemplaciones, el ensueño que arropaba y confortaba la existencia: se mostraban desnudo sus jirones, clamando al cielo. Y en el paisaje conturbado, la vida pegada al tiempo, pasaba aislada, rápida; como un eco lejano de voces, que parecía no darse cuenta, en su inconsciencia temeraria, de lo que estaba sucediendo.                                                                                                                                                                                                       

          Ni la piedra, ni la tierra, ni la montaña estaban seguras. No habían relaciones entre ellas; la más fuerte podría aplastar a la débil; ninguna sustentaba a la otra; todas, estaban a  merced de saltar lanzadas, por cualquier fuerza que quisiera manifestarse. 

          El musgo, la hierba y los árboles, parecían perder su aliento de vida, arrojado y azotado, en la costra de la tierra que también se rebelaba. Y todas las corrientes de agua, apresuraban su escapada: los cauces resecándose; los saltos cada vez más frecuentes; el ritmo violento y anárquico; el arrollar, cruel y sin sentido; el irrumpir de unas en otras, llevando el abandono, la destrucción y la muerte. 

          Por todas partes sucedía igual. Y en ellas, faltaba cualquier resto, animal y humano: asustados, unos por no ser más que instintos y otros, por superarlos hasta desconocerse; habían huídos. 

          Al final, la tormenta, completamente deshecha, fue absorbida por el mundo. La calma, pasados los días, volvería a llegar. 

          Mientras tanto, las casas se cerraban en los pueblos. El quehacer, fuera de ellas, se recortó en lo posible: se hizo tenso, irascible, desconfiado; cada hombre miraba a los demás, y deseaba aparecer en su hogar. 

          Aquel día, fue también disipándose en el existir cotidiano; pero el sentir quedó en todos: cuando llegó la noche, la lumbre estaba encendida; el vino, caliente y generoso; la comida, abundante y adornada; los juegos y charlas de los pequeños y mayores, alargándose en las horas. Pocos, muy pocos, se quedaron en el ocio; y muchos, casi todos, tantearon entre las ropas la tibieza de algún cuerpo. 

 

 

 

martes, 25 de agosto de 2020

AQUEL ALGO

 

                                                           A Q U E L    A L G O

 

                         Aquel algo que, un instante antes de su muerte cerebral, el despliegue torrencial de sus recuerdos le hizo seguir en la vida ,y, moverse físicamente en ella, como si fuera un ectoplasma; habría enloquecido si hubiera seguido vivo en la realidad, después del despliegue instantáneo de toda su vida.

          Los recuerdos comenzaron a aparecer en su mente con la lentitud y la suavidad de una rememoración buscada, mientras el cerebro se apagaba, pero después el torrente de aquellos consiguió reactivarlo, hacer emerger otras áreas más allá de la mente  de un  ser vivo y ectoplasmar el cuerpo.

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          Cada rememoración –un hecho, un sentimiento, una emoción, una causa, una consecuencia, una circunstancia –pronto dejó de ser una sola vivencia; porque ninguno de sus elementos fue un dato único, sino plural; y la velocidad –acelerándose continuamente- del proceso del  recordar fue  reactivando el cerebro,  pero  haciendo imposible que aquella mente realmente tuviera conciencia de lo que le llegaba; aunque posible, el deterioro funcional del aquel… Cuando éste llegó, ninguno de los elementos del recuerdo quedó unido a los otros asociados a él; sino que todo fue un caos; un caos que destruirá   el espacio y el tiempo de lo que fue su vida, deshará la mente que humanizaba al algo, y se irá separando lo que es el ser –aquellas áreas emergentes- de lo que antes había existido, dejando a éste entre esas dos realidades, en un resto energético que pronto desaparecerá.

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          El algo –cualquier algo- en el momento de la muerte reconoce, siente, revive y recuerda su vida a través de su espacio y su tiempo; después es un resto orgánico que restituye su materia y su energía, y, se ectoplasma: ya no existe, pero empieza a ser  ser, en tanto desaparecen él y su recuerdo.

          El ectoplasma es una memoria que, desbaratada en su espacio y tiempo; sólo tiene como  soporte existencial lo que es un recuerdo de vida rota, incomprendida, absurda, deshilachada y vacía;  y un afecto que lo mueve a buscar, no encontrar, pedir y ser desoído; porque no está en la existencia.

          …Cuando estaba, cuando existía, cuando recorría su tiempo y se movía en su espacio, se sentía en todo; cuando se aquietaba el hacer, meditaba y se buscaba fuera, siempre encontraba un anhelo y siempre llegaba su nostalgia, traídos por el recuerdo; pero el recuerdo estaba hecho de hilos a través del tiempo, nunca rotos y nunca siendo los mismos, aunque siempre separados  de otro hilo que venía de aquello que anhelaba, lo ennostagiaba y lo sentía ser;…lo que ahora, después de la muerte, está siendo.                   

 

 

 

miércoles, 12 de agosto de 2020

Caído en el mar

 

                                                C A Í D O    E N   E L   M A R

 

                         De  pronto estoy en el mar, caído en él. Noto el agua que el oleaje mete en mi boca al tragarla sin poderlo evitar y noto que a veces puedo echarla fuera de ella; pero los dos momentos se suceden una y otra vez, sin que esté en mis fuerzas – desgastadas, nerviosas, descontroladas- el impedir lo que está sucediendo.

          Siento miedo y casi terror; sin embargo algo en mi mente no parece preocuparse demasiado por lo que me está ocurriendo  y puede llegar a suceder: mi muerte no es –para él- más que un suceso natural y probablemente cercano… Mi cuerpo, sí trata de sobrevivir; aún con tan escasas fuerzas.  Mi –otro algo de mí mente- ni lucha, ni acepta, ni…

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          …Son sensaciones; que me aterrorizan porque me van invadiendo desde  el otro algo; mostrándome el mar, el oleaje, el vaivén, el color y la profundidad; como nunca los había sentido…, y, todo, lenta e inevitablemente me trae la agonía de la muerte.

          El vaivén de las aguas me hace sentir que me va entregando  todo el tiempo al dejarme hundir y acabar; pero las olas se acercan, golpean, desaparecen… y el miedo, el dolor y la calma –retornando una y otra vez- hacen reaccionar, enfrentarse y perder a mi cuerpo; para que solamente deje de tener la paz de antes y vuelva s sentir la inquietud de la caída…

          Y entonces, cuando el agua penetra en mi boca, ciega mis ojos y me siento hundido en ella; el azul del mar desaparece ennegreciéndose, su sal quema mi garganta y mi cuerpo sumergido unos instantes siente el tirón y la caída hacia el abismo;… pero todavía sigo estando fuera de él; y, lentamente, el mar se calma  y solamente estoy caído en él, sostenido entre dos aguas.

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          Durante un tiempo que trascurre  pero no lo noto transcurrir; otra vez, algo de mí, ve este lugar del mar separado de cualquiera  de sus orillas, horizontado por un cielo tan alejado de las tierras y tan azul y denso como él; y, serenándome con su brisa, su vaivén y su frescor diluído, mientras que ennirvana al alma. Después, vuelve el tiempo, el mar encrespado, mi cuerpo hundido y el resto de mi ser liberado del recuerdo de antes –que fu sólo eso-; y; comienzo a caer, ahora, sin que nada lo evite…

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         …Y el alma deja de ser lo que fue en la caída y lo que fue en mi recuerdo; porque ahora la muerte –que está llegando- es una sola sensación, en todo mi ser;  de oscuridad –cada vez más densa- entrando en mí; volviéndome ella, cayendo a través de espacios que horrorizan a lo que aún  sigue sin morir y entrando en una nada que ya no puedo sentir.

 

                                     


lunes, 27 de julio de 2020

E N L O R E M O T O D E L M A R


                                    E N    L O    R E M O T O    D E L    M A R

                Siento el mar; en la orilla, en el horizonte, en su otra cercanía, y, en  su lejanía a la vida; pero esas sensaciones, que un día empezaron  a aparecer en mí y que desde entonces las busco para saber de qué hablan; no son –lo sé con certeza- metáforas embellecidas referidas a mi estado vital – a sus penares y pesares- para ocultarlo, eludirlo y aceptarlo autocompasivamente…Son lo que me dice el mar.
          Me acerco a la orilla; siento su frescor, su salobridad, su vaivén, su entrechocar; pero lo que me entraña es que aquí llega un rumor del mar que – sin decirme nada- me llena de un sentir  hondo, extraño y anhelante.
          El horizonte sólo me dice que tras él  hay –solamente- un vivir tal como  el de aquí; pero el mar ajeno a la vida - -en mi sensación- es el lugar que, en su hondura- su abismo y sus aguas, nace el sentir primero y existe aquello que me llama.
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         Estoy en la orilla. Desde ella adentro mi mirada hasta llegar al horizonte, atravesando el mar; y nada del rumor en las primeas aguas siento que empiece en esta cercanía o en aquella lejanía; pero algo me lleva, como siempre, al remoto mar ajeno y ensimismado.
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          Me hundo en él. No hay olas que alteren su quietud, sino un vaivén que mece mi cuerpo; no hay agua salada que amargue mi piel, sino un fluir líquido que se adentra y sale de mí; y no hay  resto de la luz que hagan destellar colores, sino una neblina incolora que parece llenarlo todo. Y en este mar no parece haber vida.
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           Otras veces he llegado al mismo mar y me he hundido en él; pero no me he dejado llevar por la quietud, el estar, el no hacer y el casi desaparecer de antes, que sólo semejan una manera de ni vivir ni morir; sino que me he sumergido, he buscado, he visto y he hallado; he sentido el fluir salino y diluyente; la quietud, la calma, la serenidad…pero, al final, dejar de ser para ser agua;…siempre el mismo morir, el mismo desvivir, quizás ¿eso es el ser?...
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          Nunca lo que encuentro tiene la fuerza, la hondura y la certeza que aparecen en mis sensaciones, cuando entro en el extraño mar, que desde la orilla siento  que tira de mí.
        Algo de esas aguas hace que algo mío –extraño al cuerpo, al cerebro- a la mente; pero no a lo que está más allá de ellos, y, no es del vivir- llegue a ese mar y sienta lo que nunca he sentido:
          Pena entrañada que encoge al corazón al cuerpo y casi detiene el vivir; amargura entristecida, desvalida y  hundida en el no poder;  y un recuerdo de algo tenido fuera de la ida; que recorre la nostalgia, la alegría y el ensueño de un gozar que no entra en su mente, ahora, apartada…
          … Después, cuando trato de llegar a  ese algo que está en el mar, el algo de mí que ha sentido, sólo me lleva a la quietud de dejar de ser o al mudar para ser agua.
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          No sé cómo, por qué, quién o qué en mí lo ha causado; pero empiezo a ser agua, y lo siente todo mi ser: en mi cuerpo, mi cerebro, mi mente y mi algo, que han dejado  las limitaciones que no aceptan lo absurdo o lo ignorado, y, se adentran en el mar; ahora, un mar que no es de la tierra, aunque comience en ella.
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          Se hunden sus aguas -cada vez más densas, más vacías de los últimos restos de vida y más profundas- en un abismo, que parece separarlas del lugar de su existencia para continuar en un espacio, ya, vacío de ellas.
          La superficie del mar que se hunde se extiende sin cesar, abarcando una inmensidad que deja de ser agua cuando desaparece en el mismo espacio…
          …Y el mar ya no es sino una nada del que existía, pero el espacio  que ha surgido no es la nada.
          No hay en él  sino la quietud de la no existencia, el vacío de una inmensidad, que sólo es ser para aquel algo más allá de la vida; porque el resto ya inerte del cuerpo  y la huella casi deshecha de la mente; sólo sienten y conocen una nada.

          

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