domingo, 13 de junio de 2021

ALGOV

 

                                             A L G O

 

                       El hombre va andando por la calle. Llega a la esquina del cruce con otra, la sobrepasa, mira al fondo; y, en el grupo de personas que transitan por la paralela, una de ellas fija su atención.

      Hay algo raro en ésta –más allá de su altura, su ropa sucia, su expresión despistada y la mirada que le devuelve- que le hace verlo como alguien que, de pronto, ha aparecido en este lugar; pero que  no es de aquí. Y este “no es de aquí” es lo que ha sobrecogido al hombre que lo ha visto; porque lo ha sentido fuera del mundo.

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          Ha  pasado un buen rato. La calle –la paralela- está más concurrida que antes. Gente diversa discurre por sus aceras, entrecruzando sus caminos, sin, casi, detenerse ,y, toda con parecido apresuramiento,…pero no pasa nada extraño; sólo es la hora de marchar a casa hasta el día siguiente, después del cierre comercial…

     …Antes de que los últimos transeúntes despueblen las aceras  y los coches dejen de circular continuamente; el hombre –que iba andando por la calle- se ve, también, transitando entre la gente; pero no como ella. Más que andar, se mueve como si buscara algo y tuviera que sortear  lo que le impide verlo. Está agitado, inquieto y visiblemente contrariado; y, a veces, cuando se detiene parece dudar de lo que está haciendo,pero, no puede dejarlo; porque desde que vio –y se miraron- al otro, algo de los dos lo está impulsando a seguirlo.

     Llega –como antes- a una esquina y lo vuelve a ver. Se repone, algo aliviado, al tenerlo cerca sin perderlo y se queda mirándolo, como si entendiera su confusión. Está un poco alejado de la acera, por la que aún camina la poca gente que queda, y  parece apartarse con miedo  de ser empujado; y así –esquivando, dando traspiés y tambaleándose- acaba apoyado en una pared…para , después, dejarse caer al suelo.

     La gente que pasa a su lado no da muestras de verlo aunque mire hacia él; y éste  sólo parece sentir las presencias que pueden ocupar su espacio –y se aparta-, porque sus ojos vagan extraviados e inertes; sin ver.    

     -“Nadie va a tropezar con él,y, él no va a tropezar con nadie; pero los dos van a notar la frialdad del vacío al cruzarse”-. Para el otro hombre –que está diciéndose esto, casi sin tener tiempo para reflexionarlo-algo se está volviendo evidente, y es…que aquel no es de este mundo.

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           La noche, en las afueras de la ciudad, está abatiéndose en todo lo que allí vive… Al caer el atardecer la claridad se iba perdiendo en las sombras; aunque la tierra, los árboles y las pequeñas casas dispersas en el campo, todavía conservaban la fuerza, la belleza y la alegría de la vida;…y, ahora, sólo les llegaba el descanso sereno y la espera…

     …Pero ya, la noche ha caído; y nada que esté bajo ella es acogedor. Solamente hay la negrura, el vacío, el silencio, la soledad y frío…;  sólo eso  son las afueras.

      La sombra del hombre – la única que todavía se mueve en la intemperie – penetra en un lugar recóndito y enmalezado – abierto en la tierra-, después de quitar la piedra que lo malcubría. Es una oquedad en la que un cuerpo  no soportaría la dureza, la humedad y la frialdad del suelo; pero él sí entra…Al rato, el lugar queda tan en silencio como el de la noche…

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               Antes de  llegar a las afueras de la ciudad, él había deambulado tras la gente –que acababa desapareciendo en sus casas-, había recorrido calles y calles  casi vacías siguiendo unos pasos, se había detenido en cualquier sitio como si lo hubieran parado; y, después, otra vez, y otra vez, y otra…había vuelto a empezar este ajetreo sin sentido.

     Sólo, cuando –ya anocheciendo- su camino lo llevó fuera de la ciudad, y,  sintió la presencia del campo, el hombre pareció salir de su apatía y se dirigió hacia este lugar.

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          El cuerpo yace  en el suelo duro, húmedo y frío de la oquedad abierta  en la tierra. Está muerto, rígido como una piedra, y, tan vac ío por dentro y por fuera de cualquier asomo de vida, como aquella misma. Y dentro del hueco no hay nada que se mueva –ni siquiera un ruído- que rompa la quietud-o el silencio-. Sin embargo, algo del hombre no está enteramente muerto y pervive sin su mundo.

     La memoria no había cesado  después de morir. Sus recuerdos empezaron a recorrer toda su vida hasta el último momento; pero, entonces, volvieron hacia atrás, recomenzaron, llegaron y –aceleradamente- repitieron y repitieron todo; convirtiéndolo en una sacudida para algo del hombre; algo que el escaso tiempo  transcurrido todavía  no había apagado los recuerdos.

    Éstos, poco a poco, abandonaron el camino del pasado y parecieron ser del presente. Un presente que aún seguía ocurriendo en la memoria; en una escena confusa y atropellada, tan llena de dolor y angustia, que acabó reavivando a ese algo, aunque fuera de su mundo. Después, desde el interior más escondido de la mente, se desencadenó lo que hizo regresar al hombre.

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          Aquel otro –el que iba andando por la calle- lleva días sin salir de su casa y, aunque no ha vuelto a verlo, no se le va de la cabeza. Haga lo que haga –desde lo más rutinario a lo menos habitual- la imagen de ese hombre salta en su mente y se queda fija casi impidiéndole atender otra cosa; pero no le muestra nada más, a pesar de esforzarse en comprenderla; sólo que es de alguien fuera de este mundo, que lo sobrecoge angustiosamente y que quiere algo de él…

     …Fuera –igual que los demás días- deambula el otro. El mismo recorrido tras la gente, las mismas calles, las mismas paradas de repente;…el mismo ajetreo sin aparente sentido.

     El cuerpo –alto, desgarbado y suciamente cubierto- no lo ve nadie, ni siquiera él mismo; solamente existe –como era cuando se vio por última vez-para que el algo de la mente lo mueva entre los vivos, sin que éstos lo sientan; más que como un escalofrío al pasar a su lado.

     Y aquello ya no es un algo que tan sólo recuerda, sino un algo que sigue vivo en un presente inacabado y doloroso, que no quiere que suceda... Por eso en su mente se ha desencadenado el regreso; pero a un mundo que ya no es el suyo, y, en el que se siente perdido y solo…

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           En él, la memoria –después del retorno- ha olvidado  lo que pasó tras la muerte; y de ésta sólo tiene la sensación de que se está yendo de la vida.

     …No repara en las calles que –casi por azar- se encuentra, sino en las que fueron suyas; y el aturdimiento y la torpeza de sus pasos  lo pueden llevar a cualquier sitio; hasta, a veces, delante de su casa u otro lugar tan familiar como ésta. Por eso, en ocasiones, se queda parado repentinamente porque algo lo ha atraído; aunque no hace sino sentir su presencia, detenerse como si esperara y seguir andando.

     Lo mismo sucede cuando es la mirada de alguno, la que le suscita una presencia que ha sido algo suya; porque, tampoco, aquel puede verlo.

     …Sigue deambulando perdido y solo en este mundo del que ya se ha ido. Pero una vez –tan sólo una- sus ojos vieron otros ojos, las miradas se cruzaron y alguien lo encontró; aunque únicamente sintió esto.

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          El hombre ha salido de casa. Cree que está huyendo de ella, porque el recuerdo del otro, casi incesante, no lo deja vivir; pero es su mente torturada la que lo impulsa a hacerlo para volverlo a ver y saber lo que quiere…

     …Lo ha visto muy de lejos y va a buscarlo. Su agitación hace que corra detrás a darle alcance; sin embargo, al detenerse un momento para descansar, decide seguirlo y ver qué hace.

     No entiende para qué está recorriendo calles y calles, aunque sea un ser extraño al mundo, porque nada sucede con él. Sólo, algunas paradas súbitas ante la gente o ante algún lugar –que tampoco comprende- interrumpen la caminata.

     Hace bastante tiempo que comenzó a seguirlo. La separación entre los dos cada vez se acorta  más; -lo que le parece lógico por la lentitud del otro-pero no ha notado que es aquel quien se está deteniendo.

     Es una sensación repentina y brusca la que llega al primer hombre; después  de que al volver a sentir la de aquella presencia que lo encontró, haya enlentecido su marcha. Sin embargo, ahora, es angustiosa; tanto que lo ha paralizado; aunque su memoria ha vuelto a tener aquellos recuerdos olvidados al regresar. Después, su cuerpo –extrañamente sacudido- ha salido de su estupor y ha encarado al hombre.

     Éste, sorprendido por todo, se ha quedado quieto, y no puede articular ni una palabra. Los ojos del otro ahora están vivos –aunque parezcan cegados- porque de ellos le llega el pánico y el dolor que está viviendo; sin decir nada.

     Las palabras, ahora, están en la mente del vivo. Su memoria, también ha estado en silencio desde aquel día; y también se ha recuperado. Recuerda la escena y se la dice a sí mismo, sín tratar de esconderla; porque la mirada del otro le ha puesto delante el horror que desencadenó y la culpabilidad que le llega

                                                      -----o-----

          De noche, en las afueras de la ciudad, reaparece aquella sombra. Vuelve a ser alguien perdido, solo, sin recuerdos y moribundo, que está regresando a su tumba.

    Detrás, otro hombre –que lo ha  venido siguiendo- entra tras él en ella.

     La oquedad –abierta en la tierra de nadie y escondida entre la maleza- está como antes –fría, dura y húmeda-; y en el suelo hay un hombre muerto, rígido y descuartizado; que nada tiene –ni dentro, ni fuera- que siga vivo.

     …El otro sale de ella y se interna en el campo; mientras la oscuridad está haciendo desaparecer cualquier asomo de vida.

 

 

 

 

 

                                       .

jueves, 11 de marzo de 2021

Quizás

 

                           Q  U  I  Z  Á  S                

 

 

                                                 L a  música se ha ido de este mundo. Suena en la cumbre más elevada y desierta de vida; que parece casi desgajada de su tierra y lanzada hacia el vacío. Fluye detrás del horizonte del mar; tan alejado, que se escapa del tocar de las aguas. Y llega desde lo más dentro del alma; así de escondido y profundo, como si surgiera de la misma entraña de la tierra.

     La música se ha ido de este mundo. Brota en él con una pena   entristecida de nostalgia; pero se sale cuando un tirón la lleva a un ensueño que crece de golpe; y, se vuelve un gozo, una esperanza, una dicha…

     Ahora, el aire de fuera-liviano, tenue y embrisado- es el lugar en que el alma vuela liberada de sus tierras, su canto dice su verdad, y, la música la llena de placeres, de  certezas, de alegrías, de sentires y de cielo.

     Por primera vez nota la libertad que le llega, como un soplo que la abre, la inunda, la aligera y la esparce en este vacío del mundo. Por primera vez dice lo que quiere sin tener que pensarlo, porque nada hay más que un deseo. Y, por primera vez, lo ve cercano, seguro, hecho, amado y encontrado…Ahora, está en su cielo.

     La risa –la alegría hecha gesto- es lo que expresa el alma. Y se vuelve ternura para conmoverse con cada brizna de vida que brota desde dentro; se mira en ella misma –cuando lo hace hacia fuera, como si se hallara lejos el motivo de su dicha-; y se hace un temblor –una cuerda que vibra- sacudido por todo el sentir que la embarga; que, ahora está renaciendo en su interior, movido desde fuera y desde dentro.

     Es tan fuerte su alegría que el retorno –un tirón desde la tierra- del dolor pasado, la aquieta un momento, la entristece y la ennostalgia; pero sólo la sufre en su recuerdo, como una imagen embellecida de pena; que la hace llorar, aceptar, esperar y soñar otra vida. Después, su misma alegría, sin temor, le  deja  revivir la desesperanza, la súplica, el ensueño y el conformarse resignado y sin más…

     ....El alma se recupera. La vuelta –recordada- a la tierra le ha dejado un canto triste de letanía que, al poco, desaparece. Y, tras el silencio, la música y el alma-por sí mismo enmudecidas- vuelven a sentirse vivas…

     … La música, no acabó de irse de este mundo; el alma –que de él traía tristezas, penas, melancolías, desesperanzas y el desarraigo resignado- sí lo llegó a hacer.  La música –que le recordó todo el dolor- se lo mostró   en toda su crudeza, y, el alma lo revivió inevitablemente; pero, mientras que aquella se quedó en él, porque su canto no traía más; el alma se escapó, siguiendo notas extrañas  y acordes que rompían la melodía, y, llegó a otro mundo; al de otra armonía que la elevaba sobre el dolor.

     El primer roto apareció cuando la pena, en una subida repentina, acabó en un ensueño dulce y gozoso; y fue como el eco lejano y nunca oído al decir de un dolor, para dar un  consuelo y una esperanza…Después, la música sonó y se rompió igual;…y el alma volvió a sentir la pena y el ensueño; todo, como en la misma letanía de siempre.

     …Y la letanía, siguió; cambiada por aquel roto, pero sin entrar en él. Se dejó llevar por la esperanza; y el recuerdo le trajo vida que no había, la nostalgia se calló y el canto fue de alegría, de ternura, de sentires y de cielo…

     Pero, una y otra vez, aquellas extrañas notas insinuaban la verdad. Mantenían este juego piadoso de creer y la ilusión de realidad; aunque, al pasar cerca, el alma dejaba de sentirlo y rechazaba su consuelo.

                                                                     -----o-----

                       …El alma dejó la música; y entró en el hueco…

     Picos de montañas –como agujas extrañamente afiladas- que se agrupan casi sin dejar resquicios; y que parecen emerger desde lo más hondo tan sólo imaginado. Un lugar que perturba, atemoriza  y rechaza; y sin que se muestre hostil, sino  quieto, ensimismado y, aparentemente, esperando.

     -No hay que bajar- es la sensación que se encuentra el alma, cuando sale de su estupor;-…y, entonces, se mueve. No sabe si avanza sobrepasando las cimas, o si lo hace mirándose dentro; pero el lugar de las cumbres está desapareciendo.

     Se está cambiando el paraje entero. El alma, ahora, pasa como una corriente de aire por las alturas; aunque el paisaje es ya de la tierra y hay árboles, cada vez más cercanos, orillando su camino.

     El espacio por el que se aleja  es de un mundo ajeno al de abajo. Aquel se siente como un túnel fuera del tiempo; y éste, parece un camino de vida de naturaleza, aunque extrañamente reconocido.

     Sin embargo, también cambia su apariencia; y las sensaciones  que saltan en el alma siguen el mismo devenir. Todas tienen algo del recuerdo, de su vida o de sus sueños; al menos, en los sentimientos que van con ellas, en las extrañezas que sólo las enmudecen y en los lugares –como escenas separadas- que aparecen de pronto a lo largo del camino.

     Los árboles, el suelo deshierbado, de barro fresco  y endurecido; el cielo tenue y suavizado de azul; la lejanía del horizonte dejando solo el paraje; una casa sugiriendo un rincón de vida agrícola; y, abandonándolo todo, un recodo que deshace el lugar.

     Tras el recodo, el alma se detiene ante lo que ve. Un nuevo camino; ahora, pegado a la tierra, a la naturaleza, al hombre y a sus cosas.; pero, deshabitado y  abandonado sin daño alguno; como si algo se hubiera llevado la vida, aquietado su aliento hasta en la flora y callado el  aire.

     Un lugar que casi siempre aparecía en las disonancias de la melodía –después de las primeras extrañezas-, y que era recorrido en pos de algo; por el alma embargada, sobrecogida y ansiosa; porque su vacío de vida hacía pensar que se acercaba el nacer del alma. Pero, el andar no acababa nunca; la esperanza, sí…

     -Hay que romper el camino-  es la sensación que  se encuentra el alma, cuando reconoce el paraje al que ha entrado tantas veces.

     Busca a lo largo del sendero…Algo rompe este camino que no llega a nada que quiera; algo que se ha hecho sólo porque la tierra-hundiéndose, lo ha deteriorado.

     Detrás hay un trecho casi desnudo de hierbas, polvoriento y retorcido que se aleja y se pierde fuera de la senda; y allí, se acerca el alma. Es tan extraño como el de las montan, pero inhóspito desde que se abre el sendero hasta que llega a un claro. No hay más que tierra reseca y pedregosa; algunos restos muertos de árboles; y, en derredor, una niebla de polvo suspendida en todas partes.

     El alma, a pesar de esta nada pegada a la vida, permanece aquí. Quieta, sola dentro y fuera, atónita y aguardando lo que no sabe.

     El lugar es una escena de muerte y descomposición; una desaparición de lo que vivía, una soledad que nadie  mira;…un esperpento sin vuelta atrás y sin alguien que lo cuente y lo comprenda.

     El lugar es una sensación de pérdida, de anhelos frustrados, de vacíos, de desesperanzas, de amarguras, de silencios,…de la nada más absoluta.

     El lugar, es aquella música apenada; sin eco, sin consuelo, sin ensueño y, hasta, sin la búsqueda encontrada en la disonancia…

     … Vuelve a oírse la melodía. Una y otra vez pasa con la misma tristeza. Y poco a poco se queda en una repetición enmudecida de sentimientos que se apagan en el aire. Después, el silencio en el lugar y, en el alma, un gesto esculpido en la resignación para siempre…

                                                      -----o-----

                       Todo  está quieto, clavado en el tiempo,  como si se hiciese e la  eternidad;…pero, algo se rompe. Primero, una luz llena el paisaje, llegando desde el horizonte; después, el calor de la vida vuelve a sentirse palpitando en cada rincón; y el color, el movimiento, el aire y el pasar del tiempo reaparecen. Lo que estaba muerto sigue muerto; sin embargo no deja de existir, no se corrompe, no desaparece, no se esfuma en la nada; sino que pervive aunque no se vea.

     El silencio también se ha roto. Un sonido sordo está en todas partes diciendo que la vida vuelve; y otra sensación, no oída, sabe que todo existe. Pero, hay otro sonido –como un rumor- que llega sin resquicios, se extiende y aumenta; hasta que su música –la misma- se apodera de todo el aire.

     El alma la oye adentrándose en ella y la musita muy despacio. Poco a poco –sin darse cuenta de que ahora la melodía suena como un canto- también eleva su voz y se una a él.

     Las notas parecen cubrir el cielo. Y no hay nada que calle, que se quede en silencio o que esté solo. Es una sinfonía de dolor y ensueño que  no deja vacíos ni dentro ni fuera de ella, que llena el espacio y el tiempo y que detiene el seguir del mundo.

     No se ha ido el dolor, la desesperación, el sueño, la  nostalgia y la caída; pero éstos son los sentires que tiene la tierra, que dañan en la tierra y que amargan en la tierra, Ahora, no pueden estar aquí; porque son del sueño que sueña la existencia…

     …El alma, todavía ensimismada, salta para escaparse de este padecer. Canta, impulsada por su fuerza, y empieza a dejar atrás los lamentos. Su música –la que estaba en la de siempre, pero sin sentirla- le trae sensaciones, ahora, que no le avivan sentimientos que comprenda; sino un gozo desconocido.

     Un golpe de aire de fuera se le mete dentro como una exhalación, y algo en su interior se abre, se despierta y se queda cogido. La dicha –un bienestar de agua- se abre paso, inunda su seno, se infiltra en su materia y casi se sale de su ser.

     El alma siente desprenderse de su propio yo. Su centro se empieza a desvanecer, se disipa y  se hace como el aire. Y toda ella se va remansando hasta perderse en la quietud de un nirvana. Pero, en él, sigue siendo ella; aunque, no ensimismada.

     La dicha, el gozo nunca tenido, una alegría olvidada y  una paz que no es la nada para el alma; han ido llenándola de algo que es ella y que es todo lo que existe…

     …El alma, ahora, calla; pero, cuando vuelve al paraje extraño –en el que la música se hizo un clamor de todo, y ella rompió su atadura al sueño- una luz, desde el nirvana, le hace comprender.

     La música –el canto de dolor y ensueño-no es sólo  suya; el penar y el consuelo  tampoco porque no los causa su propio vivir en la tierra, sino el querer escaparse de ella; que es  este sentirse casi ajeno y anhelar ser, de todo lo que vive, pero sólo existe en un instante del tiempo.

     La música es de todos, igual que el penar y el ensueño. La otra música –oída con aquella y desapercibido su sentir; la que goza el alma y la ennirvana-; es la del ser para siempre que, ahora, va enmudeciendo a la de dolor y consuelo; hasta dejarla en un sentimiento que se recuerda, y, de un estar ya pasado en el que se enredaba el alma; de un estar que ya no es.

     Y esta música es la que ,ahora, suena en lo que vive y siente que existe; porque lo que comprende el alma es lo  mismo que comprende todo.

                                                                     -----o-----

                       …El alma –antes, sola y atemorizada- ha dejado su ensimismamiento; y se ha expandido en el espíritu que la trasciende –sin perderla- y la une  a cada ser… 

                                                                -----o-----

     …Ya  no se oye el canto de nada porque sólo hay música que se canta  a sí misma…

     La tierra entera ha cambiado. .Ha desaparecido como un espejismo que,  extrañamente, no  es una imagen reflejada de algo. Pero hay una realidad de espacio, de lugar; en el que suena esta música como si las mismas notas fueran materia, adherida en acordes y viviendo una existencia, vacía de cualquier otro algo.

     Este mundo no parece sentir; no expresa los sentimientos y emociones nacidos del vivir en la tierra, o del querer escaparse de ella. Su latido no es el decir de una melodía que evoca los  pasos del  caminar de un espíritu; sino un movimiento de notas –que suenan a intervalos de eco y llenan de acordes el espacio para volverlo armonía- como si fueran gotas de agua que se tocan, se disuelven entre sí, se expanden hasta hacerse una de todas  y, dejándose llevar por el vaivenear, diluyen su serenidad eterna en el alma que las mira. Así, es el pálpito de este  mundo…Calma de mar, quietud de horizonte, infinito de cielo, llenar de campiña, lisura y tocar de la brisa…, es lo que en él se siente; si las notas pudieran hacerlo y la música se sintiera a sí misma…Es la paz del ser que aguarda vivir.

     Quizás, también, el espíritu espera a nacer o a renacer.

                          

          

    

   

 


     La música –el canto de dolor y ensueño-no es sólo  suya; el penar y el consuelo  tampoco porque no los causa su propio vivir en la tierra, sino el querer escaparse de ella; que es  este sentirse casi ajeno y anhelar ser, de todo lo que vive, pero sólo existe en un instante del tiempo.

     La música es de todos, igual que el penar y el ensueño. La otra música –oída con aquella y desapercibido su sentir; la que goza el alma y la ennirvana-; es la del ser para siempre que, ahora, va enmudeciendo a la de dolor y consuelo; hasta dejarla en un sentimiento que se recuerda, y, de un estar ya pasado en el que se enredaba el alma; de un estar que ya no es.

     Y esta música es la que ,ahora, suena en lo que vive y siente que existe; porque lo que comprende el alma es lo  mismo que comprende todo.

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                       …El alma –antes, sola y atemorizada- ha dejado su ensimismamiento; y se ha expandido en el espíritu que la trasciende –sin perderla- y la une  a cada ser… 

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     …Ya  no se oye el canto de nada porque sólo hay música que se canta  a sí misma…

     La tierra entera ha cambiado. .Ha desaparecido como un espejismo que,  extrañamente, no  es una imagen reflejada de algo. Pero hay una realidad de espacio, de lugar; en el que suena esta música como si las mismas notas fueran materia, adherida en acordes y viviendo una existencia, vacía de cualquier otro algo.

     Este mundo no parece sentir; no expresa los sentimientos y emociones nacidos del vivir en la tierra, o del querer escaparse de ella. Su latido no es el decir de una melodía que evoca los  pasos del  caminar de un espíritu; sino un movimiento de notas –que suenan a intervalos de eco y llenan de acordes el espacio para volverlo armonía- como si fueran gotas de agua que se tocan, se disuelven entre sí, se expanden hasta hacerse una de todas  y, dejándose llevar por el vaivenear, diluyen su serenidad eterna en el alma que las mira. Así, es el pálpito de este  mundo…Calma de mar, quietud de horizonte, infinito de cielo, llenar de campiña, lisura y tocar de la brisa…, es lo que en él se siente; si las notas pudieran hacerlo y la música se sintiera a sí misma…Es la paz del ser que aguarda vivir.

     Quizás, también, el espíritu espera a nacer o a renacer.

                          

          

    

   

 

                     


     El alma la oye adentrándose en ella y la musita muy despacio. Poco a poco –sin darse cuenta de que ahora la melodía suena como un canto- también eleva su voz y se una a él.

     Las notas parecen cubrir el cielo. Y no hay nada que calle, que se quede en silencio o que esté solo. Es una sinfonía de dolor y ensueño que  no deja vacíos ni dentro ni fuera de ella, que llena el espacio y el tiempo y que detiene el seguir del mundo.

     No se ha ido el dolor, la desesperación, el sueño, la  nostalgia y la caída; pero éstos son los sentires que tiene la tierra, que dañan en la tierra y que amargan en la tierra, Ahora, no pueden estar aquí; porque son del sueño que sueña la existencia…

     …El alma, todavía ensimismada, salta para escaparse de este padecer. Canta, impulsada por su fuerza, y empieza a dejar atrás los lamentos. Su música –la que estaba en la de siempre, pero sin sentirla- le trae sensaciones, ahora, que no le avivan sentimientos que comprenda; sino un gozo desconocido.

     Un golpe de aire de fuera se le mete dentro como una exhalación, y algo en su interior se abre, se despierta y se queda cogido. La dicha –un bienestar de agua- se abre paso, inunda su seno, se infiltra en su materia y casi se sale de su ser.

     El alma siente desprenderse de su propio yo. Su centro se empieza a desvanecer, se disipa y  se hace como el aire. Y toda ella se va remansando hasta perderse en la quietud de un nirvana. Pero, en él, sigue siendo ella; aunque, no ensimismada.

     La dicha, el gozo nunca tenido, una alegría olvidada y  una paz que no es la nada para el alma; han ido llenándola de algo que es ella y que es todo lo que existe…

     …El alma, ahora, calla; pero, cuando vuelve al paraje extraño –en el que la música se hizo un clamor de todo, y ella rompió su atadura al sueño- una luz, desde el nirvana, le hace comprender.

     La música –el canto de dolor y ensueño-no es sólo  suya; el penar y el consuelo  tampoco porque no los causa su propio vivir en la tierra, sino el querer escaparse de ella; que es  este sentirse casi ajeno y anhelar ser, de todo lo que vive, pero sólo existe en un instante del tiempo.

     La música es de todos, igual que el penar y el ensueño. La otra música –oída con aquella y desapercibido su sentir; la que goza el alma y la ennirvana-; es la del ser para siempre que, ahora, va enmudeciendo a la de dolor y consuelo; hasta dejarla en un sentimiento que se recuerda, y, de un estar ya pasado en el que se enredaba el alma; de un estar que ya no es.

     Y esta música es la que ,ahora, suena en lo que vive y siente que existe; porque lo que comprende el alma es lo  mismo que comprende todo.

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                       …El alma –antes, sola y atemorizada- ha dejado su ensimismamiento; y se ha expandido en el espíritu que la trasciende –sin perderla- y la une  a cada ser… 

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     …Ya  no se oye el canto de nada porque sólo hay música que se canta  a sí misma…

     La tierra entera ha cambiado. .Ha desaparecido como un espejismo que,  extrañamente, no  es una imagen reflejada de algo. Pero hay una realidad de espacio, de lugar; en el que suena esta música como si las mismas notas fueran materia, adherida en acordes y viviendo una existencia, vacía de cualquier otro algo.

     Este mundo no parece sentir; no expresa los sentimientos y emociones nacidos del vivir en la tierra, o del querer escaparse de ella. Su latido no es el decir de una melodía que evoca los  pasos del  caminar de un espíritu; sino un movimiento de notas –que suenan a intervalos de eco y llenan de acordes el espacio para volverlo armonía- como si fueran gotas de agua que se tocan, se disuelven entre sí, se expanden hasta hacerse una de todas  y, dejándose llevar por el vaivenear, diluyen su serenidad eterna en el alma que las mira. Así, es el pálpito de este  mundo…Calma de mar, quietud de horizonte, infinito de cielo, llenar de campiña, lisura y tocar de la brisa…, es lo que en él se siente; si las notas pudieran hacerlo y la música se sintiera a sí misma…Es la paz del ser que aguarda vivir.

     Quizás, también, el espíritu espera a nacer o a renacer.

                          

          

    

   

 

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