miércoles, 15 de noviembre de 2017

LAS DOS CASAS



L A S   D O S   C A S A S

                                                           Rememoro Ceuta. Tengo en mi recuerdo como un mosaico de lugares y calles dispuestos en un mapa, que se hace según voy recorriéndolo. Unos, son cotidianos; otros, ligados a hechos o aconteceres no habituales; algunos,  en lo distanciado de mi hacer y su estar; pocos, pero fortalecidos, irreales  o fantasmagóricos; y todos  pesando en una barahúnda de sensaciones.
          La casa del moro, el recinto ferial, la Puerta del Campo, la casa alta de enfrente; nostalgia, ilusión, extrañeza, sobrecogimiento; rincones y sentires entre tantos más.
          Mi casa. Habitaciones de vida,  de las que  sé lo que tenían  y lo que se hacía; pero, en las que no consigo colocar casi nada en su sitio, ni tener sensaciones claras y distintas, o recuerdos envidecidos. Sólo el cuarto de los libros, el patio da atrás, la azotea y el porche, me emocionan  particularmente.
          El  primero era un lugar en el que no se entraba, salvo para alguna labor concreta; en  donde se guardaban los libros de un familiar con bastantes posibles, que nos había cedido la vivienda. Desde entonces, han perdurado el  miedo, cuando alguna vez entrábamos a escondidas; la curiosidad de sus porqués; la atracción inconfesada de un libro laminado sobre la maternidad; y la tensión de  unas noches de alerta, por robo, desde la ventana que daba al patio.
          Éste, tenía un surtido agropecuario: hortalizas, frutales, aves diversas y hasta un cerdo. Mi padre era el único que  lo trabajaba en sus ratos libres; eventualmente con alguna ayuda profesional o nuestra. No tengo, lamentablemente,  sino recuerdos deshilvanados: las cidras, la higuera, un capador porcino y las gallinas negras ponedoras. Pero me  produce todavía nostalgia y pena, por las tareas de vivir ya acabadas; ensoñaciones casi edénicas; ternura y gusto por la vida campesina que se nutre con nosotros.
         La azotea, de la que he olvidado si se  usaba para algo propio, era como un mirador. Por dentro, al rodear la claraboya del patio interior, y hacer de  ésta una pantalla que nos mostraba una perspectiva,  un tanto  cómica, de la  gente de la  casa, sobre todo, de las visitas de las que nos apartaban. Y hacia fuera era  refugio y atalaya para protegernos de otros niños, jugar imaginariamente con ellos y, a veces, quizás aturdidos de tanta luz y calor, mirar quedamente el horizonte; cansados, aburridos y absortos.
          Y  el porche; el lugar de entrada, salida, espera y encuentro con los vecinos. Los dos  primeros.., mero paso carente de interés. La espera, en cambio, el aguardar merendando, impaciente y sin parar quieto, a que  llegara  la hora para podernos ir a lo que fuese, era uno de los grandes momentos del día; sin colegio, tareas y con los deberes casi acabados, podíamos hacer lo que de verdad nos vitalizaba: juegos nuevos, rematar los dejados de ayer, resolver nuestros grandes problemas de convivencia y contar y escuchar sobre los temas que nos excitaban.  Y así  nos lanzábamos a todo ello; hasta que el cansancio de la jornada nos cortaba el entusiasmo, siempre, demasiado pronto...                         
          El encuentro con los vecinos. El mirar y ser mirado, el respirar tranquilidad en las puertas de las casas y el intercambiar saludos, adioses y conatos de charla;  para nosotros, los niños, se concretaba en estar con la pequeña de la familia, arreglada y en cochecito; y con nuestro perro, vigilante de ella y también de todos; mientras nos aburríamos, protestábamos y esperábamos que  acabara esto  para irnos de salida familiar o ser sustituídos.
          Rememoro  Ceuta; ésta es la frase con la que he comenzado. Y desde este dicho, constatado como  una evidencia, me he puesto a deshacer una maraña de lugares, calles y sensaciones;  tirando de mi antigua casa y algunos de sus rincones, para tener recuerdos separados, nítidos y enlazados con los hechos.                         
          Las cuatro evocaciones sobre la vivienda del moro, pese a ser sucintas y escasas aunque   explícitas y directas, todavía pueden reducirse más; y  pasar de cuadro a detalle, de pintura a pincelada.
          El cuarto de los libros se queda en  “no nos dejaban entrar”…, “ bueno”; el patio sigue siendo mi padre, las faenas, la vida,  la muerte y la nada; la azotea es una retirada a la  contemplación no buscada;  y el porche, el querer y no tener.
          Es decir: la búsqueda de mi memoria,  como final de su hacer,  ha llegado a lugares y tiempos pasados; comunes, esencialmente irrelevantes y sin hechos –ni tan  siquiera anécdotas-, singulares recordados. Lo que, por el momento,  me evoca aquello en el sentir y en la emoción, se da la mano con lo que  encuentro y tengo hoy; no me he movido. Al parecer, mi presente, consolidado desde muy atrás, se ha visto a sí mismo porque no ha mirado o no ha podido. Hasta ahora: conformismo, retirada,  fracaso y  vida para otros.
         Puede haber otro camino sin demasiados estorbos. El recinto ferial, la Puerta del  Campo y la casa alta de enfrente fueron sitios poco frecuentados, el último nada; por lo que conservan restos de las primeras sensaciones; quizás algo simplificados,  pero con menos alteración; porque   aquellas, las sensaciones, no están elaboradas, ensambladas,  comprendidas y organizadas, como resultado del trato repetido con  ellas; sino aisladas e incomprendidas.
          La  Feria, episódica y casi inesperada para un niño; cuando llega su día, empieza con una larga, inacabable  y cansada caminata; tras la cual, un arco de luces, rodeado extrañamente de oscuridad dentro y fuera suya, nos conmueve, ilusiona y asusta; hasta que mirándolo todavía, después de haberlo atravesado, nos encontramos de nuevo caminando otro trecho; ahora salpicado de puestos y tenderetes, de gente que curiosea, que compra o que pasa de largo, mientras se oyen voces que ofrecen, invitan o nos paran; y a nosotros,  nos contentan –cabizbajos, conformados, contentos  y orgullosos- con un sombrero vaquero y un bastón de golosinas. Más tarde, después de vueltas y vueltas, poco a poco metidos en fiesta, unos; y menos motivados, otros; llega la comida. Pinchitos morunos, con su olor grasiento, especiado y penetrante, es mi sensación asociada al comer en feria, los mayores; nosotros, bolsas de patatas fritas aunque con el tufo, entonces, de aquella carne ensartada. El final de la jornada era el baile. Un espacio grande, en los aledaños del recinto; alberado, polvoriento y en un tiempo ya pasado, como revivido; quizás su hora última, su lejanía del bullicio, el vaivén de los pasos, la música no escuchada y nuestro cansancio; nos causaba a los niños esta impresión. No recuerdo, no tengo la memoria de mis padres bailando; en otros momentos, sí.
          Extrañeza ante la Puerta del  Campo; paraje más distante de la costa, saliéndose hacia el interior. En mí, distintamente, está fuera de mi mundo cotidiano de entonces; y él, para  él, -así lo  siento-, acercándose a tierra de otros. No sé verdaderamente que era; pero en mi cuadro retenido hay un banco, unos árboles,  unos compañeros de clase, unas vías del  tren; y una sospecha de rabona –hacer novillos- y niñas, demasiado velada aunque a la vez muy patente. Es poco, casi nada, inteligente conformarlo en un escarceo de la niñez, con su huida y su mala conciencia; es eso probablemente, pero  mi memoria es de trazos sueltos, no conjuntados, o con los enlaces rotos.
          Por otra parte, las vías son un algo peculiar en la impresión  y el sentimiento de que, tanto yo como este paraje, estamos en nuestros confines. Unos raíles estrechos, pequeños, oxidados, sucios, empalmados; unas traviesas de madera; un recubierto pedregoso y ennegrecido; un montículo de apoyo;  un lugar solitario, en tierra de nadie, sin ayuda humana y sin custodia;  es, como sensación, una llamada de peligro,  un desvalimiento, casi un milagro si sale bien, un momento de suspenso y un suspiro: un puente de tablones y cuerdas  entre dos sitios separados.
          En  la casa alta de enfrente,  no de mi vivienda, sino de un familiar, hay menos realidad. Sí lo es ella; con su rampa pequeña de acceso, adosada por un lado a la pared y por el otro  a un basto muro corto y grisáceo; con su puertecilla de entrada, nada singular; y con su jardín, agrandado  por la vista desde los bajos y asomando las copas densas, duras y viejas  de sus numerosos  árboles. Pocas  veces la mirábamos desde la nuestra; no sabíamos quienes vivían ahí, cómo eran, o qué hacían; pero recuerdo,  imagino o creo  una escena – de nuevo, con un baile-, que la envuelve en la irrealidad:
          “La casa está apagada, aunque es ya de noche. No ha habido, durante el día, acontecimiento o suceso alguno, trasiego de gente en la calle o entradas y salidas; ni siquiera, un algo que, aunque sosegado y silencioso, indique un preparativo de lo que después tendrá lugar. El tiempo, pasando sin ruidos, parece no existir; es continuo, callado; falto de momentos que lo hagan notar. Por eso, cuando irrumpe la visión frente a mis ojos, ésta puede provenir de cualquier alto en su camino, ocurrido ante mí.
          No hay un  “de pronto” que inicie esto; sino “un ver lo que antes no veía”. Personas reunidas en el jardín, alejadas hacia el fondo del que parecen ir saliendo; y algunas acercándose, sin que se aprecie un motivo, al borde de la pared; para luego, ajenas a mi presencia, deambular y acabar  retornando al grueso que permanece  quieto. Todo se mueve con espaciada armonía; como piezas simuladamente humanas que, al parecer, conversan, ríen, beben, pasean y bailan; sin que la diversidad de gestos y acciones  altere este estar calmado y vivo.
          El recinto sí está iluminado; luces pequeñas, sin tendido que las una  y casi escondidas, encienden la escena. Los  árboles, grandes, oscuros y enhiestos, crean los espacios y grupos separados. El paraje, difuminado sus contorno, aunque bruscamente pasando de la claridad a lo oscuro, es un lugar de encuentros, descubiertos y desnudados, que han soltado de su tiempo, para enfrentarlos en este contra sentido.
          El baile, ahora, es una manera más de trato entre personas; no tiene, como antes el del recuerdo ferial, un carácter principal de remate de la jornada; pero está, asimismo, poseído del jardín; de su venida a deshora para sobrecoger sin porqué alguno.
          La gente viste con la elegancia y la sobriedad de un evento social; hay tal variedad, postín y buenas maneras, que parece estar presente toda una sociedad, en sus clases dirigentes. Es como la escenificación del logro; un ejemplo vivo, activo y triunfante de un acontecer humano orgulloso, asentado y no soberbio.
          La  escena, sin variación alguna, congelada su presencia, se mantiene ante mis ojos. No ensombrece de tragedia, tampoco aparece la burla o algún atisbo de comicidad, al igual que no se vislumbra magia. Incluso las caras, los gestos y los movimientos tienen aliento de vida, aunque reposados y seguros; aparentando por estos rasgos, que simulan lo que hacen. El jardín, la gente y  su vida, son verdad.
          Pero, tal como apareció, sin nada que la anticipara, la visión deja la casa. Después le sigue el quedar  cogido por algo, la incomprensión y la pena”.
          Feria, Puerta del  Campo, Casa  alta de enfrente. Son recuerdos, quehaceres de la memoria, labores de búsqueda; y aunque no lo parezcan desde una mera ojeada lectora al relato, no están alteradas en sus primeras impresiones: fueron así; se han fijado con el paso del tiempo, quizás perdiendo algún detalle; y eran y son, tan abundante en los pormenores, en sus significados, en las sensaciones y en los sentimientos; como muestran las evocaciones. El escarceo, posiblemente escondido; pero también las vías del tren, que hoy me dicen lo mismo que antes, sumándolo lo después sabido. Y  la Casa, ¿cómo, siendo niño, podía ver, sentir, abarcar e intuir eso que, ahora, puede ser que comprenda?        
          Así, partiendo de fijaciones impresas desde hace tanto, rememoro lo casi mecánico, lo deformado por mis censores y lo que permanece  inexplicado y me asusta; pero me seduce.

lunes, 25 de mayo de 2015

                                           T Ú   ESTUVISTE   S I E M P R E
                         ¡Virginia.., Virginia..! no hay respuesta tuya; aunque sé que me estás oyendo. No sé si desde el lago, el mar o el cielo; vuelta un cisne, mudada en una roca o sumida en un copo de nieve; pero sé que estás con ellos; y sabes que te busco.
          Ahora, siento emerger el fondo, brotar el agua, caer la nieve; cuando sus besos aparecen, se posan y se deslizan sobre mi boca;…y no llegan solos, desde parajes lejanos, ni de labios inertes. Tu cara, al abrir los ojos para ver el sueño, es la que tengo cerca, y, esos besos son tus besos.
          Después, en mi piel entra otra piel, en mi calor se quema otro calor, en mi fuerza se abraza otra fuerza, y en mi cuerpo se desmaya otro cuerpo…Otra vez fluye el lago, se embravece el mar y se deshace el hielo; pero, ahora no te veo tan cerca; aunque sé que eres tú.
          ¡Virginia.., Virginia!; ¿dónde estás?...
          Antes, el encanto subido, surtido y desprendido; -el mismo que hace embelesar al cisne, eternizarse a la roca y tintinear al copo- se metió en mi carne y dejó su caricia pegada en mi boca. Fui, igual que ellos, hechizado por el agua que permanece quieta, lo llena todo o se sube al cielo; fui embrisado como el cisne, fortalecido como esa piedra, mecido como el trocito nevado; y lo fui por ti…Virginia; tú eras la que unía la existencia insondable y anhelada en mi vida en la tierra; tú eras la que tirabas de mí hacia todos los fondos que me han trastornado;…tú eras…¿quién…qué?...
          La mujer que arrulló mis labios era dulce, suave, húmeda y tímida…era Virginia; la mujer que me hizo cerrar los ojos –cuando te miraba embriagado-, que me despertó el deseo incontenible de su cuerpo  y que se pegó al mío…¿era Virginia?...y, la mujer que se rompió conmigo hasta que nos desvanecimos por dentro y por fuera…¿era Virginia?...
          Me despierto y a mi lado hay una mujer. Duerme, su cara es tan fresca, tersa y luminosa como su propio sueño; su boca, entreabierta como una ranura en el agua, me enternece como a un niño; su pelo me parece seda que resbalaría entre mis dedos; y sus ojos cerrados, lánguidos, templados; -aunque no puedo verlos ahora; después de hacerlo tantas y tantas veces-, me devuelven ese mar cálido, denso, difuminado, profundamente azul verdoso;  que un destello de gris-para no herirnos demasiado- entristece de nostalgia..La quiero…es Virginia; mi Virginia..; la mujer que siempre ha estado escondida en mi alma y que algo, alguien o ella misma, ha hecho aparecer para que pudiera amarla en vez de añorarla, adivinarla o ensoñarla.
          Es otra tarde. Virginia y yo nos hemos amado con cada cachito del cuerpo –ninguno ha sentido un vacío-; desde el roce más descuidado hasta el hundimiento más profundo; y nada humano ha faltado en nuestro tiempo de amor.. No dormimos después. Hablamos, trivializamos, jugamos; nos entrelazamos, nos besamos, nos miramos..; a veces,  nos volvemos a reunir en un abrazo suave, calmado y mimoso que, casi, reinicia este fuego. Ahora, somos un hombre y una mujer que se quieren, en una espera sencilla, sin arrebatos sublimes; nada difícil en apariencia.
          No recuerdo cuándo-tampoco hace falta- tuve a todas junto a mí. La de los  besos enternecidos de amor; la que sacaba mi llama interior que quería apagarse; la que la hacía crecer, prender todo el cuerpo, quemarse con él y después extinguirse sin fuerza; y, la  de la casa, la calle y la vida de todos los días. Sé que son la misma Virginia; pero ¡está tan cerca cuando aparece, tan perdida cuando la llamo y tan lejos cuando es ella la que musita mi nombre y me angustio al no hallarla!
          Virginia es el lago, el mar, el cielo,…el brote, el emerger, la caída,…pero, también, el cisne, la roca, la nieve…Y yo que he besado sus besos; he sufrido el deseo y he deshecho mis ansias, tengo que bajar a buscarla para hacerla mía o hacerme suyo; donde quiera que esté.
          En mis oídos suena la música que me trajo el lago. Un tirón en mi alma, una tristeza que me hunde, un ensueño, una congoja; un repetirse petrificado sin querer seguir; un embargo de añoranza,  una renuncia y un consuelo piadoso. Después, el sueño del ensueño realizándose, la subida al gozo más sublime; y, de pronto, la voz que dice “no”, el deseo que no cesa, la lucha contra aquella…y, al final, la caída, el llanto, el dolor…la locura del hombre deshecho. Eso era antes, lo que encontraba en la música y en el lago: yo, no era un cisne para beberse aquel paraíso.
          Pienso un instante en la nieve, que me ha enajenado; traída por otra melodía. Esta vez, los sonidos no quiebran tan cruelmente. Es un caminar de nostalgias, de jugar con la realidad perdida que vuelve a nosotros, de gozos elevándose en nuestros recuerdos más entrañables, de lágrimas que endulzan nuestra boca del alma..; y de renuncia –ya lo sabíamos-  que se enquista en un rictus de amargura; después de hacerse patente que el milagro  de recuperar el pasado no va a suceder.
          También aparece el mar-no me olvido de él- y las rocas que conocen el canto que a mí me hiere. Esa una secuencia de añoranza dolorida y ensueño que parte de mi ser, hasta que cree alcanzar la cima quitada; pero, nada…Un momento, sólo uno, se abre el camino .Empiezo a recorrerlo en un éxtasis sin espera, en un goce anticipado que me anuda la garganta;…Mi amor –no sé a quién o a qué- está aquí, en todas partes cobijado…y  yo lo estoy sintiendo, viendo, casi tocando…No; algo te detiene, te abre los ojos y miras: no te has movido, no hay nada cerca, sólo buscas a tu alrededor; sólo te hacen soñar, te engañan,… vuelve a tu tierra.
                         Hoy, una mañana de octubre, antes de empezar la rutina de lo cotidiano; escribo lo que va a ser claro para ti y para mí; aunque lo sé –lo supe de un golpe- desde el día que te lo dije en un texto que pudo reducirlo y hacerlo desapercibido. Ahora, estoy seguro, sólo tengo que desplegar las palabras, los sentires, los sentimientos y las verdades que te entrelazan con mis paraísos perdidos; los que me rompían porque eran, a la vez, presencia y ausencia, plenitud y vacío, alegría y dolor.
          Recuerdo –ahora lo traigo yo- el mar; me desprendo del canto que lo acercó, de su juego inocente, despreocupado de mi y, quizás, necesario; y miro de frente lo que hacen mi cuerpo, mi alma y mi espíritu…Palpar, buscar, apretar, acariciar, entrar…¿? A  mi lado estabas tú, Virginia…¿A quién he besado con un soplo húmedo, que ha crecido hasta que nuestros labios se han diluído  en nuestro aliento?...¿A quién he acariciado deslizando mi piel en la suya, para acaba casi extenuado, apretándome a su cuerpo?...¿A quién ha buscado mi alma –“quién prendióse primero en el hoy del alma  del hombre?”- para hallarse a sí misma?... ¿Quién te entró,  cuando llegamos apasionados, como un torrente rápido, fluyendo dentro de ti, para crear otra  vida; que ahora era sólo el deseo?...Virginia; ya  no hay un mar largamente buscado, porque el mar eres tú; ya no pido, ahora te tengo; ya, la música sólo es una belleza enmarcada que estará a mi lado, como un recuerdo…Virginia. Eres el amor de mis amores, lo más grande que me ha sucedido, lo que ha empequeñecido mis quereres de hombre de antes de conocerte…Virginia…tú eres lo que queda del  mar´.                                                                                                            Pero están la  nieve y el lago; no los paso por alto. Estaban antes que ella; ¿son ella; creo…? Recuerdo el río –tras la nevada- en cuya corriente me fundía. Su sangre –porque me daba la vida- me entregaba la flora, la roca, la caña ,la aurora, la fruta, los prados, los vientos, la escarcha, la lluvia, la tempestad…¿Virginia me lo trae todo?; ¿seguro?..-“Entonces, te engaña ella, o te engañas tú”-. -“Si se abriera como una flor,”-… -su boca-;  -“cimbreara como una caña..,”-…-su risa y su juego-; -“desgranara como una fruta..,”-…-la dicha que esparce-;  -“sí, sería tu río; pero…”-  -Virginia es mi amanecer; mi lecho soñado de mujer; mi aliento para vivir; el agua que riega el deseo! Y ella ha quebrado la roca, ha parado los vientos y ha amainado la tempestad; para reblandecer mi alma, aquietarla y enraizarla…Virginia es el río que se bebía la vida; y ahora me la da cuando yo estaba preparado para dejarla. Virginia lo es todo y tan cerca que aparece sin llamarla, sin ni siquiera musitar su nombre; porque ella y yo estamos unidos para siempre…somos la nieve, el lago y el mar.

         











miércoles, 13 de mayo de 2015

Océano encantado


                                  O C É A N O   E N C A N T A D O

                        Las notas, han ido entrelazándose, para plasmar un lugar en el océano, que se ha encantado para nosotros.

          La vida, que surge desde el seno de las aguas y riza en olas la superficie, es rumor sordo de raíces lejanas, en su misterio de movimientos y sonidos y, patencia clara, vigorosa impenetrable, de las olas que se han hecho rocas.

          Y, de esto, poco es lo que conoce el hombre. Su conciencia, anclada en el sentimiento, en ráfagas continuas de penuria y vaguedad, surcadas por leves aleteos de formas que se sienten, recibe, de la música, el azote que en aquel deja.

          Y la música; mágico y portentoso eslabón, rayo del ser sin materia, tan sólo capaz, como el fuego prometeico, de despertar y, tambaleándose, hacer andar al hombre hundido en la carne, mientras que al otro, roto para la vida, dejará en una disonancia de ser y no ser que la muerte hará gesto..; la música, tañe innumerables melodías que se entrecruzan para forjar un paisaje como éste, que, sólo en su ser simbólico, no es el fruto de un azar.

          El brinco de una nota, el lazo con la otra en el subir a una cima y, el procreado temblor en una espiral de vacío; todo, sobrenadando in quejido, es para el sentir una ola. Permanece en un suspiro que apagándose se aleja y, al morir para nacer otra, se hace patente un abismo que otros sones encadenándose llenan; dejando constancia del misterio que embarga rodeando a la roca y, que no permite tan siquiera, que el sentimiento se pose en él para saber, si lo hace, un salto irremediable que salpica sus ojos de miedo y tristeza, es su paso inmediato.

          Pero en el interior del hombre, todo parece seguir igual. Hay un sentir, que es sólo una ventana abierta para mirar; como una atalaya, como una forma de conciencia. Mas, hay algo mayor en su dentro; una, como carne estremecida por el mundo; un algo sutil, nebuloso, que ve lo mirado; que se retuerce, que llora y que ríe, en una intimidad más profunda que la de la misma conciencia. Es, otro verdadero ser, dentro del hombre. O, quizás, el mismo en lo más recóndito y abismal de su esencia; en la fuente antigua que le dio el ser; en el arroyo, ya brotado, donde bebió el existir.

          En un instante, la luz de una nota se ha hecho fuego arrasador, y, ha dejado libre camino entre la fuente y el arroyo, quemando la maleza en selva de la vida, para iluminarse en un grito arcano en la conciencia del hombre; en una estancia de dicha de un paraíso poseído, o, en un gozo, esperanza sumida en el tiempo y el espacio, y, sólida realidad de piedra, fuera de sus poderes.

          Y así, todo aquel sentir humano prendido en el ensueño, extrañado en el embate contra rocas, triste, de melancolía, al reconocerse desgarro, y resignado, de saber lo imposible de su anhelo; abandona su gesto de estatua, forjado al cegarse en la luz, y recobra su infinita menudencia de hoja, su vibración perenne al soplo de  todos los vientos, su agitado caminar de mimbre y cristal. Y camina; camina en sólo un destello de tiempo, da y recoge un golpe de luz, destruye una traba, abriendo un sendero y, desbarata una vida dejándola entre dos mundos.

     -¡Sigue adelante! “Dáme el ser aunque mates mi existir! ¡Quebranta los huesos, los nervios, los pulsos, la carne de mi corazón..!; pero, ¡enciende mi conciencia sin temor que se me abrase! ¡Siéntelo todo!-

        Pobreza del  hombre. Parquedad del espíritu, que consigue tan sólo abrirse una herida, y queda después, sin saber qué mano la causó.

          Mientras tanto, la música, perdida su cumbre, regresa a su llanura en la montaña, para depositar sus sones en los labios del hombre, y ofrecer su ambrosía de dioses al corazón, de manos de su sentimiento, otra vez petrificado.

          El canto vuelve a brotar. Toma lo que le dan, pero es tan suyo, que lo lanza en un lamento venido de profundidades, que lo aumenta, impregnándolo de matices, de sentires oscuros y abortados.

          Se hace pies para andar entre las rocas, manos para palpar, buscar, apretar acariciar, golpear; amante para la ternura, guerrero para el batallar, loco para el afán, prisionero para la libertad, ciego para la luz que siente, desgarro para el ser que le arroja, poseído para la fé, vacío al desesperar su corazón en dos mundos, y su razón en dos luces. Pero, todo esto, ¿de quién es?.Si su sentir ha sido alcanzado, y su voz es una mueca que permanece; si su conciencia, sólo tiene el tizne de la llama brotada; si en su existir de carne, únicamente un sentimiento que conoce, palpa estos pasos en el misterio, mientras lo inerte habita en el resto.., ¿quién, es el que anda?...¿Quién?...

          ¿Quién, en un principio esencias misma de la música, prendióse  primero en el hoy del alma del hombre? ¿Quién, al caer abismos, murió en su vida y renació en su muerte? ¿Quién, hallóse a sí mismo, reconocido en el alma de siempre?...Y, ¿quién, y por qué, se esenció en la música, se hizo igual al hombre, se mudó en un alma, y se quedó en la muerte?

          Y de todo esto, aquel que se sabe, se siente y se duele hombre, no pregunta nada. Su ser de hoy, que ha sentido en un golpe que no podrá seguirse, se hunde en sí mismo. Y en él, el anhelo, confundiendo visiones del cuerpo, con quereres del alma, le muestra, a lo lejos del mar, unas rocas; y una brisa, un sabor, un frescor, un olor, que a la playa se lo llevan. Pero, para ir hay que avanzar; y para avanzar, un espacio; y para el espacio, un tiempo; mas aquí, ni hay espacio, ni hay tiempo, ni hay.., ni habrá.., llegar.

          Enmudece el espíritu en el hombre. Poco a poco, y apartándose de sus aristas de piedra, va filtrando su sed de vida, en un débil hálito que deja manar en su dentro. Y la sangre, vuelve a correr por sus venas; el aire, explota otra vez en su seno;  la carne, eriza su piel por  los vientos; mas, los ojos, si no viendo, presintiendo, perdidos de esta quimera siguen llorando el desierto, siguen clavados , dormidos, dejados, despiertos.., pero tan sabios y ciegos. Y una oración, hija de aquel canto primero, vive aún esta visión que muere, musitada y sin cortejo.

          Resbalan las notas el encrespar de las olas. Desgranadas en rosarios, palpan arroyos, malezas y fuentes; pero siempre, encontrando el ser que nace para vivir su muerte. Y todo volviendo de nuevo, y todo contando su suerte.

          Es la letanía eterna; la vieja ley de la mar, que en labios de olas y fuentes, murmullos son, mas sellados en piedra; sonidos son, que en sones, al oído no suenan; y luces son, que imágenes, en los ojos no vierten. Y  siempre comienzan el verso; siempre, renacen su muerte.

         La paz, que pliega las aguas, llevándole va con ella, adormeciéndole la mente. La voz, que manda el silencio, sustrayéndole requiere. La mano, que la quietud mueve; presencia que la soledad tiene; sorbiéndole va sus fuerzas, dejándole el corazón inerme; y éste se desmorona en suspiros que cuando a su lado devienen, son retazos ya del mar; del mar, que en hombre se vuelve.

         



Polvo


                                             P O L V O 

                                                Llueve en el interior del bosque. Una mirada hacia el cielo descubre la densidad, gris y encharcada, que pesa, cernida de agua, en la copa de los árboles. Desde ella, sus alas abiertas chorrean, en las ramas extendidas en palmas, una turbia, desparramada y sucia cascada, que acaba manchando la tierra.

    En cada hoja doblada; yerba, que se deja caída; planta, separados sus brazos; hay un palpar de algo que se hunde, sin que se pueda evitar.


     El presentimiento, fluyendo en un castigo que alcanza a todos, esconde, una a una, las briznas de vida. Y el pequeño rebullir a los pies de los árboles, sobre cada piedra, enroscado en el verdor de los tallos, bañados en la humedad, o pegados en la costra seca;  se desnuda de susurros,  cantos, ruídos;  mientras que, poco a poco,  las madrigueras van poblándose, para  albergar en ellas, el  más ligero  soplo: sólo en la oscuridad del sueño, la pregunta tensa y espera.

     Fuera, la intemperie clavada en la roca, se está m muriendo. Lo que era arena, palabra o salmo del vivir, se deshace en el roer del agua. Y, únicamente, como vasos descarnados, los restos enhiestos del hueso, aguardan, solitarios, el quebrarse para siempre.

     El cementerio, cubierto de lluvias,  se va petrificando desde el cielo a la tierra. Y las formas recortadas de sus estatuas, irrumpen en el abismo que en todas partes las ciñen; para, detrás de cada instante nuevo, alzar un postrer sepulcro; que pronto, también, comenzará a morir.

     ¡Qué pobre es el sentir, que la tierra, en cada uno de sus parajes cruzados, deja en el alma del que siempre se busca en ella! A través de éste, hoy,  hasta sus enfangadas huellas, se van engullendo en la vorágine del vacío, que queda tras de él, como si el tiempo, quisiera borrar el camino, y el mar, todas sus olas.

     Trozo a trozo, es el gotear constante de la savia, el que riega,  sangrando, la vida que enmudece. Ya, las aguas, desgajadas las quimeras,  dominan la quietud de la nada; a la que, aún´ arañan las piedras sembradas por los muertos. Y el hombre, poco a poco, y sin reposo alguno, sigue  avanzando;  ahora,  sin retornar los ojos, ante aquello que ya sabe.

     Toda  la región, pasto de las sombras, es recorrida. Ni el albor de la mañana, ni la nostalgia de la tarde, ni el miedo frío de la noche, aparecen una vez. Y el lugar, sostenido en la penumbra, que traza el andar de su cuerpo; no tiene, en su lejanía sin sendero, inmensidad sin espacio y eternidad suspendida; ni la fuerza de vivir: parece la materia.., desarraigada del alma.

     La sombra, acompañándole fuera, transcurre lenta para el hombre; son horas y horas contemplando el desierto; pues su ser, absorto en un sentir extraviado, sigue lanzado en su anhelo; y sólo, su carne, su pulso y su fuego, arrebatados desde ella; se pegan, adheridos, casi inertes en su juego, al espíritu que aún los lleva.

     De pronto, la soledad se levanta, en el paisaje que permanece. Un quejido azotar de los vientos, sellado y continuo, revela, cercana, una casa.

     Las paredes derruídas, sumiéndose en la tierra, asoman, junto a sus restos marchitos, el color descalichado que enseña sus piedras. Y el musgo, tapando oquedades, en cada nicho un refugio; abraza, posando en los muros, la tibieza que allí se encerraba. Desde el suelo, la techumbre carcomida y rota, se une a la hiedra; que llega a puertas y ventanas, esperando el caerlas.

    Una vez, tan sólo, la mano que había buscado, acarició el destrozo: todo, se hizo polvo. Y el hombre, carne y espíritu, quedó a su merced.

martes, 12 de mayo de 2015

El muñeco roto


                                                     E L    M U Ñ E C O    R O T O


                                                    Siento haber vuelto atrás en mi vida; salvando olas y olas, retazos de tiempo, perdidos en el mar. Y, de pronto, sin haber notado mis pasos que se acercaban, me he hallado frente a un barracón sobre la nieve.

     Todo lo que allí rodeaba  estaba insinuado en aquel entorno blanco y enmudecedor. Todo, allí, esperaba; sumido en una somnolencia grisácea, que alumbraba la sombra, y ensombrecía la luz Y  el barracón, también padecía en esta apariencia.

     Sabía, por la puerta que no me hacía frente, haberle sorprendido;  que sus ventanas, cerradas o inexistentes, no me dejarían ver dentro, desde tan lejos; y, que su recinto de madera, quizás, vieja y carcomida, tenía la frescura de la cabaña recién levantada.

     Y el lugar salvo en aquello que un día había acompañado mi existencia, sólo era nieve… Podía, aquel paraje, estar cubierto de hierbecillas, guijarros, surcos; pero todos, fríos. Fríos, con la frialdad que repele; que sólo nos dice que los dejemos en paz; que parece, negarse a que nuestro existir se aproveche del suyo, para sentirnos de alguna manera; que no nos dice nada;…nada.

     Si había árboles, subiendo  la  montaña desde el valle; si las lomas, suavizaban aristas y riscos; si los arroyos, parecían romper el silencio… nada, en cambio, quebraba mi soledad en el sentimiento, en la conciencia; incluso, en el alma. Y  el viento, o la lluvia, o la escarcha, sólo, me traían cadena de escollos, de piedras,…de lanzas. Y, paradójicamente; aun contra mi propio deseo;  en nada sentía  esa fuerza que me rehusaba. Pero, ahí estaba: detrás, si podía haberlo, de la casa, había, no un abismo, que desgajara mi único sentido; sino, el valle, mostrando la realidad en el paisaje, de una ladera para descender  a él; sin embargo, tan posible, y, tan lejano.

     Tenía, que dejar de mirar aquello, que nada  me decía; y entonces, mis ojos retornaban hacia lo que creía mío: una cabaña. Una cabaña, que no parecía hecha para verse, ni para tocarse,buscar, sentir o recordar; pero, que allí permanecía;  agradable y acogedora como un  fuego, muda y necia como una piedra, y sumisa, callada y sabia de mi mismo, como un fiel animal que no me comprendiera.

     Sentía, no ser yo mismo aquella imagen; pero, a la vez, no entendía que fuera algo, si yo no lo hubiera sido desde siempre. Y lo poco, que de ella se me había concretado, era, el haberlo descubierto en un sueño; y, que éste, tuviera el reverdecer de lo que no nace para luego ser muerto.

     Llevándola cerca de mis ojos, volvió la música a  hacerme su prisionero. Y la imagen, parecía sonreírme al encontrar mi alegría; mostrar su contento con piruetas, quedándose en muñeco; y, saltar, danzar, hacer muecas, para dejarme entero en su juego.

     En cambio, cuando la tristeza  me ahogaba en la desesperación, no me seguía de nuevo. Después de un instante triste, al verme deshecho, primero quedaba clavada como la había conocido; y luego, se borraba, poco a poco, sin tener, ya, nada que ver con mi sueño.




    

                                                  

martes, 19 de noviembre de 2013


ENTREVISTA  REALIZADA PARA EL BLOG “LO QUE LEO Y PUNTO” A JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ MUÑOZ AUTOR DEL LIBRO “MIRANDO OTROS MUNDOS”

                                                                           Esta entrevista está basada no tanto en preguntas sobre sus novelas sino más bien en preguntas que siempre he tenido curiosidad en hacer. Está en todo su derecho a contestar sólo a las preguntas que usted desee, aunque no creo que tenga problema con ninguna ;-).

1.- ¿Cómo empieza uno a escribir? ¿Cómo es ese primer momento?

En mi caso, surgió al ver a una persona discapacitada hacer un trabajito de poco sueldo y relevancia social; pero,  al parecer, feliz por ser útil. Necesité valorarlo ante mi ,escribiendo  sobre él, porque  me hizo sentir su grandeza humana.

2.- ¿A qué tipo de lector van dirigido sus libros? ¿Por qué? A personas que en la música sientan la trascendencia, más allá de la religión; algo parecido a una experiencia mística. Y, por supuesto, en temas diferentes, a quienes comprendan lo que escribo y la forma de hacerlo; en definitiva, que conecten con ellos.

3.- ¿Cómo es su hábito para ponerse a escribir? Por ejemplo: se prepara un café y a empezar, simplemente se sienta, etc. En música, cuando una de ellas me conmueve, me conmociona y me inspira los temas; y, en otras, cuando “me toca ponerme a escribir”.

4.- ¿Qué hace cuando se queda en blanco y nada sale de su pluma(es una frase hecha, ahora más bien se diría de su pc)? Depende: lo dejo, indago, insisto y espero sin  distraerme.

5.- ¿Quién es su mejor critic@ (alguien que siempre es el/la primer@ en leer sus historias: amig@, pareja…)? Ella –mi mujer-; porque le gusta lo que escribo y cómo lo hago, me anima,  me aconseja y me induce a hacerme comprensible.

6.- ¿Cómo sabe cuando ha terminado de escribir un libro? ¿Lo repasa y sabe que está listo o, ya publicado sigue pensando que podrías cambiar algo? Cuando he desarrollado lo que quería contar; y, en los míos, al no llegarme más nada y aceptarlo con resignación.

7.- ¿Cree que se puede vivir como escritor en nuestro país? Las personas que lo hacen con arte, pocas y consagradas;  las que escriben lo que se vende casi institucionalmente, sí; pero suelen vivir de otras cosas, casi tan bien pagadas.

8.- ¿Cuál es, para usted, su mejor libro? ¿Por qué? “Si pudiera”; porque  me he dolido, entristecido, conmovido y conmocionado con las melodías y la película; y he vivido cómo la música puede mitigar el dolor humano; lo que no pudo hacer mi –inventado-Schindler.

9.- Para finalizar esta parte de la entrevista, que tres palabras le definirían como escritor. En parte, usted lo ha hecho: desigual, atrapador, profundo, complicado  y –siento la inmodestia- original, en cuanto al sentir de la música.

Ahora me gustaría realizar unas preguntas al lector que, supongo, lleva dentro:

10.- ¿Cuál es el último libro que ha comprado? “El misántropo” de Molière.

11.- ¿Cuál es su mejor momento para leer? En la hora tonta y crepuscular de la tarde.

12.- ¿Que le pide a un buen libro? Lo que hago yo, además de interés, seriedad y analítico; en otros, que me haga vivir lo que cuenta.

13.- ¿Cuál es su libro favorito?”Bendición de la tierra” de Knut Hamsum.

14.- ¿Qué libro nunca leería? Los de ocasión ,moda y “literariamente correcto”.

15.- ¿Qué libro tiene en su estantería desde hace mil y nunca encuentra tiempo para leer? La Biblia, por miedo a su grandeza y que me decepcione.

16.-  ¿Cuál es el libro con el que más ha llorado? ¿Y con el que más ha reído?

Me han entristecido los relatos de Larra sobre la España que le tocó vivir. Muchos,por ejemplo los del Marqués de Sotoancho de Alfonso Ussía,

Mil gracias!!!!!!!!!!!!!!!!!!

miércoles, 6 de noviembre de 2013


                                 L A   P R I M E R A   C R E A C I ÓN

 

                                                       Es un espacio, algo que  vuela en él, y, todo solitario. El aire que lo llena es como una niebla engrisada y turbia, desgarrada, húmeda y casi inmaterial; lo que surca entre sus huecos se mueve sin descanso y sin alterar su marcha –incansable y rígida-, aunque el temblor parece acompañar  su paso;…y el paisaje –un desierto de vida  y de piedra-.,sólo asemeja un suelo que sostiene el lugar.

     No hay luz ni oscuridad, sino el vacío de una  y otra que había antes que ellas. El tiempo, en un paraje que no cambia está casi quieto; y las distancias -¿desde dónde hasta dónde?-no se acortan nunca…Es un lugar en las afueras del  mundo.

     Lo que surca el espacio sí nota que se mueve; pero si lo hace solo o es atraído por algo, no lo detecta; y aunque antes –cuando empezó a reducirse en sí mismo- su impulso lo llevaba a seguir; ahora, es sólo su inercia lo que queda dentro…Y fuera, el recorrido caótico ante esto que lo perturba…

     …Ahora, esta partícula –materia que sabe, siente y quiere- que surca el espacio, lo recorre como si sólo fuera una piedra lanzada o caída,  movida por alguna fuerza y vacía de vida. Y, aunque la partícula no es algo inerte, sino un alma desnudada en ella, se queda inermada por el furor del universo que la zarandea.

     Una ráfaga repentina la toca; y un tirón en la oscuridad la impulsa hacia delante. Como si una gravedad infinita la atrajera desde un abismo, la partícula empieza a ser succionada a través de una nada.

     En otro instante –más enlentecido en el tiempo- la partícula parece partirse y desdoblarse. Su último trozo de materia, irreductible en sí mismo, se desprende y cae en una espiral vertiginosa hasta el mismo fondo; y allí queda atrapada en su fuerza.

     El resto –inmaterializado- lo sigue, aunque no llega abajo; y es un momento –un instante- el que  transcurre en medio de esta nada… De pronto, desembarazado de su materia, es devuelto al espacio de fuera; y en él –como un  halo vacío- empieza a regresar a este mundo…

     Vuelven las distancias del universo, pero el halo –el alma- está ya separado de ellas. Y ahora, no necesita saber, sentir y querer; sólo recuerda  lo que hay en el mundo:

     “Un vacío aparentemente frío, apagado, profundo, acechante, insondable y sin fin; que empequeñece, asusta, desesperanza y sobrecoge… Un lleno que  se oculta tras él y sólo se abre al alma  humana que lo mira, se adentra y se deja llevar.

     No siente frialdad, sino extrañeza; cuando el  misterio parece cortarle el calor de tierra y aún está desorientada. Después, lentamente, -al ir penetrando-la negrura también se disipa y el espacio se llena de la materia y de la luz de los mundos.

     No hay vacío entre ellos. En cada hueco centellean puntos, fluyen hilos luminosos, serpentean destellos y resplandece el polvo de la materia…todo está lleno. Y en su seno nada está quieto; sino que se mueve, cambia, se agita, se acerca o se aleja.

     Pero el alma, en esta llenura, no siente opresión, acecho o empuje. Se mueve entre ellos como si sólo fuera aire pasando en el aire…

     En las profundidades, en las distancia que sólo conoce el  propio universo, y las que puede llegar el alma humana; ésta vuelve a sobrecogerse, a helársele el aliento y a mirar atónita.

      Ahora, cada estrella, cada constelación, cada nebulosa, cada región del espacio es tan inabarcablemente inmensa, que todo lo que hay cerca desaparece en el cielo, eclipsado por ellas.

     La luz es un estallido. En unas, con el color del fuego enrojecido; en otras, el azul denso del mar o el amarillear del atardecer;…hasta con la claridad blanquecina del alba. Y los astros – cercanos o lejanos, solitarios o agrupados- en sus formas redondeadas, alargadas, entremezcladas e informes, llenan este vacío con sus mundos ignorados y extraños. Y aquí, como al comienzo, también, nada permanece quieto; y todo puede seguir cambiando…

     El alma, todavía humana, se extasia con la grandiosidad, la belleza, el misterio o y el infinito que encuentra en todo…Y, sin embargo, dentro de ella hay un gozo recordado que le acerca lo que ve y lo hace suyo…

             ¿Qué siente, ahora, mirando una estrella –a la que la distancia reduce para que pueda contemplarla-?...Un lleno en el vacío que mitiga la soledad del espacio; otro mundo, otra vida, quizás la misma; un deseo de estar con ella; el asombro de recrear su origen;…pero, a la vez, la magia de la fuerza y la fragilidad del universo que, extrañamente, no llega a atemorizarla…porque algo la hace más fuerte; algo dentro de este alma, aunque, ahora, inalcanzable…

     ... La estrella sigue ahí. Demasiado alejada de otras y rodeada del vacío –de los demás astros- del cosmos. Su masa se agita –casi entera- y se transforma, sin cesar, creando y destruyendo  elementos que formarían vida; su presencia en el universo es un azar y cualquier suceso de fuera –hasta de ella misma- podría hacerla desaparecer; pero en ellas comenzó todo, quizás hasta el alma o algo suyo…”

                                     -----o-----o-----

                              Antes de que este universo naciera el alma de siempre ya existía…Después tomó  materia al emerger al mundo –cuando éste empezaba a formarse-, y en él empezó a vivir.

     El alma, ahora, ya ha vuelto; ha dejado lo que cogió, ha recordado lo que su alma humana pudo entrever, comprender y gozar; y, libre, retorna a su origen…

     Deja atrás –en un instante sin tiempo- el espacio que succionó su materia y la atrapó; y, deja de ser de este universo…

     ...Del que es, antes, no tenía algo que fuera materia, que algún sentido del cuerpo consiguiera  encontrar; tampoco que pudiera ser energía que moviera o se moviera;…nada, que pareciera existir. Pero el alma, sin materia y sin energía, llegó a este lugar y siguió siendo lo que es.

     Aquí nada estaba quieto; y todo aparecía, desaparecía y cambiaba sin cesar. La materia era y no era casi simultáneamente; su energía no llegaba a salir de sí y, cuando era, no permanecía igual.

     Todo lo que había –partículas elementales- emergía instantáneamente en movimiento, duraba un solo tiempo y, en esa fracción, se transformaba algo… Recordaba el fuego; lanzando chispas que alteran su color y su forma y se desvanecen, después de muy poco, en el aire; mientras otras empiezan el mismo proceso…

     …Aquí, nada parecía existir; nada había de aquel universo…Pero, aun, fuera del tiempo, del espacio, de la materia creada y de su energía; este era el lugar donde había llegado el alma…su origen.

     Y siempre –partículas, movimiento y desorden; como un caos sin sentido- permaneció así;…aunque, una vez hubo –en una fractura de su eternidad- un instante, un intervalo de tiempo y la materia se alteró.

     Su proceso se enlenteció hasta detenerse; y, cuando se reinició, las partículas –algunas- se agruparon  simultáneamente, sincronizando presencias y desapariciones… Algo, fuera de ellas, rompía  el sinsentido de este mundo; y se generaban movimientos que reunían a las partículas en configuraciones distintas.

     El  nuevo proceso se extendió durante este tiempo –infinitesimal-, y las formas se fueron multiplicando continuamente hasta que ninguna partícula quedó aislada.

     Era como si en este mundo el sueño, el letargo, el tedio, hasta el ser presa de su origen; hubiera  llegado a su fin y, ahora, comenzara otra existencia.

     La materia se organizaba…Pero sus formas eran simples, muy redundantes, inestables y azarosas; el tiempo –aún  una fractura mínima de  la eternidad-  se perdía con demasiada rapidez; y, casi, no había evolución de las configuraciones porque no interaccionaban entre sí… El proceso no avanzaba.

     …Otra vez, algo  fuera de ellas, removió la materia y en todo se produjo más  alteración. Surgieron  formas que reunían , dispersaban, separaban o atraían, tanto partículas como configuraciones; y este mundo dejó de ser igual…

     …Aquello  que parecía estar en el principio del cambio, también se mostraba diferente. Su inercia-y la de la materia-, había generado desde la eternidad este quieto mundo; pero, ahora  con un movimiento –que siempre había estado dentro- empezaba a recrearlo.

     Era –después de la inercia-como si la materia adoptara, ensayara y comprobara nuevas estructuras para no desaparecer en la nada; y, en aquello, una manifestación de su ser.

     El mundo  tenía, ahora, la vida de la materia. Formas que permanecían, fuerzas que las organizaban, diversidad, transformaciones, crecimiento…Y,  aquel algo, lo movía todo, aunque sin adentrarse en nada.

                                             -----o-----     

                    Aquello, desde la eternidad, era materia ser- cuando la fuerza-ejerciéndose sobre sí misma- se  replegaba y quedaba inmovilizada; y, energía, al liberarse de su presión

     La nada…no era… Y el mundo de partículas caóticas –residuo, sin ser, en la eternidad, Habría desaparecido en ella…

     Pero, la energía-materia, en una de sus fases de expansión lo alcanzó; detuvo su movimiento inértico y lo transformó en otros; que –progresivamente- interaccionaron generando impulsos entre las partículas y  recreando otro mundo.

                                                 -----o-----

                    El ser…era todo en el tiempo –la eternidad-,  en el espacio –el infinito-, en la conciencia -conocerse a sí mismo-;…y así, estaba en su voluntad…       

     Después de transformar aquel mundo y hacerlo vida de materia; el ser –siguiendo su designio- se expandió en aquella, llevándole el impulso de totalidad.

     En cada partícula y en cada forma, se quedó algo de él, de la energía y de aquel deseo; y el universo material primigenio desapareció para que el nuevo comenzara a existir para siempre.

     Cada partícula, ya, era materia y alma. Y el alma era conciencia, voluntad, impulso de totalidad, energía y ser. Y el ser era todo.

                                          -----o-----

                  El tiempo –creado en la fractura de la eternidad- no desapareció; porque el nuevo mundo lo necesitaba tanto como su mismo espacio, para que la vida de la materia con alma se desarrollara hasta el ser…Después, la materia, la energía, el espacio y el tiempo;  cayeron al lugar del que iba a emerger el universo que los uniría a todos; y la brecha de la eternidad, sin cerrarse, quedó semiculta.

     El alma –aquella nada del mar y del alma- que fue partícula –que sabía, sentía y quería-, que perdió su resto de materia y regresó a su origen; ahora, vuelve a ser el ser.

                    

           

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